
A menudo se dice que las despedidas son tristes. Que el espacio de tiempo que separa un “adiós” hasta el posterior “¿Qué tal?” tras el reencuentro supone un varapalo muy duro. Pues algunas veces se equivocan. Porque Maó ayer despidió con alegría las fiestas de la Mare de Déu de Gràcia. Se cambió en este caso el semblante serio y arisco, por un “hasta luego” más positivo.
Ayer se reunieron todos “asseguts a sa vorera” y una variada oferta musical y gastronómica puso el resto y además, por una tarde, no existió ni la crisis ni la gripe A, ni nada por el estilo.
Los que más pasiones despertaron fueron un grupo de hadas del bosque que hipnotizaron a toda una jauría de pequeños leones hasta volverlos una manada de gatitos. Dóciles y silenciosos al ritmo de una guitarra y unas canciones con una letra fácil de aprender.
La Estación Marítima fue coto privado del rock, con unos acordes más moviditos para los que todavía albergaban energía. Porque si de algo sirvió la jornada de ayer fue para reencontrarse algunos. Sin jaleo ni pomada mediante, pero entre risas, más de uno rememoraba aventuras de las fiestas.
Con todo el puerto cortado y únicamente como vía peatonal, los bares y los restaurantes aprovecharon para engordar sus terrazas hasta el arcén. El lleno fue la tónica general, mientras tampoco se le hacía feos a un buen bocata o a un trozo de pizza.
En la zona de Autoridad Portuaria la danza tomó protagonismo de la mano de Vuelta y vuelta, y el Esbart Dansaire d’Arenys de Munt. Es Rebost tampoco defraudó, al lado del Nashville, y dejó paso a la danza del Sol de África. La orquesta Fusión, al lado de la dulce Mô, la sirenita que custodia el puerto, brindó al público un buen repertorio de ritmos latinoamericanos.
Pero todo lo bueno se acaba. Y entre amigos y enemigos, matrimonios, parejas, piratas, mahoneses y mahonesas, visitantes de todos los sitios, los fuegos artificiales dejaron ese sabor dulce de un “hasta luego” que consoló a más de uno.






