Cultura

El inicio del otoño trae consigo las primeras lluvias y, con ellas, la exposición de los caracoles. Unos moluscos que ya en la Edad de Bronce formaban parte de la dieta humana y que, en la actualidad, constituyen uno de los manjares más exquisitos, especialmente en la cocina española y francesa, además de la portuguesa.

En torno a ellos, se han confeccionado multitud de recetas. Los caracoles pueden acompañarse con salsa mahonesa, alioli, hierbabuena, en paella, con conejo, con arroz y codornices, al ajillo, con jamón serrano, con jengibre, al vino, con muslitos de pollo y setas, con pimientos del piquillo, en sopa, con tortellinis rellenos, … Estas deliciosas recetas, no obstante, tienen un pre-requisito fundamental: la correcta limpieza de los caracoles. Se aconseja lavarlos con unas gotas de vinagre y abundante agua, cambiándoles el agua tantas veces como sea necesario, de tal modo que queden limpios de baba y el agua quede finalmente limpia. A continuación, los caracoles deben ser introducidos en una cazuela con agua templada durante aproximadamente 30 minutos, con una pizca de sal y una hoja de laurel. No se puede iniciar la cocción en agua fría porque los caracoles se desprenderían de la concha. Como veis, es todo un ritual, que resulta imprescindible, independientemente de la receta que vayamos a realizar.

En definitiva, los caracoles ya han empezado a asomar sus cuernos! Que no os extrañe demasiado si vais conduciendo por la carretera y encontráis a personas con un cubo en mano paseando por el arcén. ¡Están recogiendo caracoles que van a parar a las cazuelas de los menorquines!

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